El Opio

 El Opio

El opio (del griego opós = jugo [de la adormidera]), alcaloide extraído de la amapola, Papaver somniferum L., es una de las drogas más antiguas empleadas por el hombre. De hecho, su uso en varias culturas de Asia Menor, particularmente la asiria, se remonta a unos 4.000 años a.C., según citan diversas fuentes arqueológicas (su ideograma para la adormidera, hul-gil (planta del gozo), viene recogido en las famosas tablillas de arcilla de Uruk). El empleo terapéutico del opio como herramienta analgésica, antitusígena, hipnótica, sedante y tranquilizante, entre otras, ha sido una constante de la historia de la medicina2. Asimismo, el opio también ha desempeñado un trascendente papel histórico, desde el punto de vista político, comercial y sociológico.

El uso del opio en China con fines medicinales y psicológicos tenía una larga historia, pero su consumo se hallaba limitado, pues la producción nacional era, en su conjunto, modesta. Sin embargo, a partir de 1773, Inglaterra inició un proceso de exportación masiva de opio hacia China, a través de la todopoderosa British East India Company, con objeto de equilibrar la balanza comercial con este país. La crisis económica generada, junto a la creación de un fenómeno de “drogodependencia de masas”, impulsaron al gobierno chino a enfrentarse militarmente a Inglaterra, en las denominadas “Guerras del Opio” (1839-1842 y 1856-1860), que terminaron con la firma de los tratados de Nanking (1842) y de Pekín (1860), donde, concesiones territoriales aparte, como el caso de Hong Kong, China se convirtió en un inmenso mercado, con unos cien millones de potenciales consumidores de opio, cuyos pagos constituyeron una importante base económica del imperio británico4-6.

Otra consecuencia de esta generalización del consumo de opio (básicamente fumado) fue un espectacular incremento del cultivo de adormidera y de la producción de opio en China, donde, en 1906, se produjeron unas 30.000 toneladas de esta sustancia. Por otro lado, los viajeros occidentales instalados en China, así como los inmigrantes procedentes de Oriente, también introdujeron en Occidente la moda del consumo del opio fumado. En esa misma época, en Europa, la relativa facilidad para obtener el opio, integrado en la composición de distintos preparados terapéuticos, como elixires, anodinos o láudanos3, favoreció igualmente su abuso. El uso recreativo del opio también se vio favorecido por el negativo ejemplo de su consumo por parte de intelectuales reconocidos, como Sir Walter Scott, Samuel Taylor Coleridge, Thomas de Quincey, Honoré de Balzac, Edgar Allan Poe, Théophile Gautier, Charles Dickens o Charles Baudelaire. El aumento del número de adictos, junto a la presión ejercida por distintos movimientos sociales, dieron lugar a las primeras medidas restrictivas por parte de la administración norteamericana, de forma que en 1890 se estableció un impuesto específico sobre la importación de opio, y en 1899 se prohibió su consumo fumado, sobre todo en locales concretos (“fumaderos de opio”).

El siglo XIX también supone el inicio de la historia de las drogas sintéticas. En 1803, el farmacéutico alemán Friedrich Wilhelm Sertürner inició sus primeros experimentos químicos, consiguiendo extraer un ácido orgánico a partir del opio, al que llamó ácido mecónico (del griego mekon = amapola), del cual obtuvo una sustancia dotada de efectos narcóticos, a la que denominó morphium (morfina), en honor de Morfeo (hijo del dios del sueño y dios del ensueño)7,8. La morfina fue comercializada en 1827 por la compañía E. Merck (Darmstadt, Alemania), aunque su uso no comenzó a difundirse ampliamente hasta mitad del siglo XIX, cuando Charles Gabriel Pravaz y Alexander Wood descubrieron, respectivamente, la jeringa y la aguja hipodérmica9-11. Precisamente, estos avances médicos ocasionaron otro grave problema de adicción en Estados Unidos, tras la finalización de la Guerra de Secesión Americana (1861-1865), pues durante este conflicto se les proporcionó a los soldados una jeringa hipodérmica y una dotación de morfina para administración parenteral, que podía autoadministrarse como analgésico en casos de lesiones o heridas de guerra. Al final del conflicto, la sociedad americana tuvo que enfrentarse a una nueva epidemia, conocida como “enfermedad del soldado” o el “mal militar” (Figura 1b), que no era otra cosa que un síndrome de dependencia a este agente opiáceo, que había sido suministrado a los combatientes de forma absolutamente incontrolada10. Se estima que, al final de la Guerra de Secesión, había unos 45.000 soldados dependientes de la morfina1.

Dado el elevado número de adictos a la morfina, se impuso la necesidad de encontrar una nueva sustancia con una potencia analgésica semejante, pero sin problemas de dependencia. Así, el grupo de Heinrich Dreser, de la compañía alemana F. Bayer & Co. (Elberfeld, Alemania), sintetizó en 1874 la diacetilmorfina. Este derivado de la morfina, tres veces más potente, fue finalmente comercializado en 1899 para el tratamiento de enfermedades respiratorias, con el nombre comercial de Heroína, acepción derivada de la palabra germana “heroish“, que viene a significar remedio heroico o poderoso2. La heroína adquirió un rápido éxito comercial, siendo utilizada ampliamente en todo el mundo. Sin embargo, su potente capacidad adictiva no fue advertida hasta 1913, momento en que la compañía fabricante detuvo su producción.

El gran aumento del número de adictos al opio y a la morfina en Estados Unidos generó auténticos movimientos sociales durante el periodo de entresiglos, que presionaron a la Administración para que legislara medidas restrictivas del comercio de estas sustancias3. Como consecuencia de ello, en 1906, el gobierno de Theodore Roosevelt promulgó la Pure Food and Drug Act, que perseguía la adulteración de todos los preparados farmacéuticos, entre ellos los que contenían opiáceos. En 1909 tuvo lugar también, promovida por Estados Unidos, la primera iniciativa de alcance internacional para el control de los opiáceos, la Conferencia de Shangai, en la que representantes de trece países se hicieron presentes, pero se mostraron reacios ante la propuesta norteamericana de emprender una cruzada contra el uso recreativo de los opiáceos. Tres años después, en 1912, se firmó el primer instrumento internacional sobre esta materia, el Convenio contra el Opio de la Haya, que pretendía disminuir la producción y exportación de dicha sustancia. Sin embargo, este Convenio tuvo un valor más bien simbólico, dado que careció de fuerza vinculante para las partes.

La primera ley que restringió, de forma taxativa, el consumo de opiáceos fue la Harrison Narcotic Tax Act, de 1914, que imponía controles estrictos sobre la importación, la manufactura y distribución, prohibiendo su venta y dispensación, excepto por médicos y farmacias inscritos en un registro federal norteamericano1. Finalmente, en 1924 se ilegalizó la heroína en Estados Unidos, lo que generó un creciente tráfico clandestino de materias primas para la elaboración de este opiáceo. Éstas procedían de países del sudeste asiático (el denominado “triángulo de oro”), pasaban por Marsella (la denominada “French connection“) y acababan en Norteamérica, donde grupos de inmigrantes italianos ya habían generado toda una red clandestina de distribución, aprovechando la infraestructura establecida para la distribución ilegal de alcohol durante la denominada “Ley Seca”. Estos grupos fueron incrementando su papel en el narcotráfico durante las décadas siguientes, aunque las leyes contra el tráfico y el consumo de drogas se endurecieron notoriamente en la década de 1950. A título de ejemplo, la ley para el Control de Narcóticos, de 1956, llegaba incluso a establecer la pena de muerte por la venta de heroína a menores de edad.

Paralelamente, fueron surgiendo las primeras leyes internacionales de lucha contra los opiáceos, iniciadas con la Convención Única sobre Estupefacientes de Nueva York, en 1961, y complementadas con las Convenciones de Viena de 1971 y 1988, éstas sí, con fuerza vinculante para todas las partes, y que constituyen el marco de referencia de todas las legislaciones nacionales (Tabla 1). Entre las medidas adoptadas, en 1967 se creó la JIFE, cuyo ob

etivo principal era vigilar el cumplimiento de los tratados internacionales sobre este tipo de sustancias narcóticas. Todas estas normas restrictivas han contribuido al diseño de una política criminal en materia de drogas de carácter prohibicionista, que, sin duda, ha fomentado la generación de un mercado negro y tráfico ilegal que, como se describirá posteriormente, ha generado una serie de fenómenos de delincuencia asociada, de evolución constante hasta nuestros días3.

Uno de los puntos de inflexión en la historia de la heroína hay que buscarlo en la Guerra de Vietnam (1961-1975). A principios de la década de 1970, el consumo de drogas en algunas unidades del ejército americano en Vietnam alcanzó proporciones casi epidémicas (Figura 1c) y muchos de los ex-combatientes adictos acabaron, tras el regreso a su país, en el mundo de la delincuencia. Simultáneamente, con el auge de la cultura “underground” y el movimiento hippie se abogó por el consumo de todo tipo de drogas, expandiéndose el consumo de heroína por todo el mundo. En el ámbito de la Unión Europea, el problema del consumo de heroína fue en aumento hasta el año 1992, fecha en la que parece haberse estabilizado. A título de ejemplo, la Tabla 2 muestra la evolución del consumo de heroína en España, que apenas ha variado en la última década12. En cualquier caso, se ha estimado que en la Unión Europea y Noruega existirían 1,3-1,7 millones de consumidores problemáticos de opiáceos13 y que la heroína ha generado más muertes en los últimos 50 años, por vía directa o indirecta, que cualquier otra sustancia química conocida14,15.

Adaptado de: Cuad. med. forense vol.17 no.1 Málaga ene./mar. 2011 Una visión histórica de las drogas de abuso desde la perspectiva criminológica (Parte I)

Samuel Zuleta

https://samuelzuleta.farmacodependencia.com/

Magíster en Drogodependencias, Especialista en Farmacodependencia, Psicólogo.

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